Mi experiencia y recomendación de la visita a la preciosa isla de Clare
Mierda, migraña. Suena la alarma pronto por la mañana
alejándome de mi situación de letargo incómodo ocasionado por un dolor en la
parte frontal derecha de mi cabeza. Aún es leve pero irá a más, que me conozco,
e irse no se va. Pero lo que realmente me despierta son las palabras de mi
compañero que con entusiasmo me contagia la ilusión del momento. Habíamos
organizado una escapada a Clare Island, uno de sus destinos favoritos y al que
yo había insistido en ir desde hacía tiempo. La aventura: viaje en ferry,
pasear por la Isla, ver los acantilados y disfrutar del día que prometía sol.
Prometía, pero no acababa de cumplir.
Mi migraña y yo nos preparamos e introduje mi cuerpo en el
taxi que nos llevaría al puerto más cercano a la Isla, en Roonah Pier. Mi muchacho llevó a cabo toda la
conversación con el taxista ya que mi inglés se había limitado a “hello” y
“yes”, o más bien “no”. Me dediqué todo el viaje a mirar por la ventana viendo
como las gotas de lluvia se escurrían por el cristal, intentando sentir el frío
en la frente para calmar mi ardiente cerebro.
Para cuando llegamos a la zona de embarco el frío viento
ya se me estaba colando por el cuello haciendo de la espera a la intemperie algo
incómoda en instaurando el frío en mi cuerpo para todo el día. El mar, por su
parte, se agitaba cada vez más demorando el amarre del barco al puerto. Al fin
pudimos montarnos y nos sentamos en el camarote de pasajeros. El ferry se
balanceaba, no me causaba mareo alguno, solo un ligero acojono justificado al
ser una nueva experiencia. Al cabo de un rato, ya en ruta, decidí dejar de mentir
y sugerir el ir a fuera a tomar aire fresco. Al estar el clima como estaba nos
dejaron asomarnos solo a la parte de atrás donde me agarré a una cosa de barco
ignoro el nombre, y ahí me quede pegada al cacharro como un gatete, subiendo y
bajando, admirando las olas.
Una vez en tierra, veinte minutos después, el sol por fin
se había dignado a aparecer y calentaba el ambiente con una luz cálida. Nos
dispusimos a empezar la ruta. Como es normal en esta zona los paisajes y ruinas
son humildes pero bonitos. Así poco a poco mi guía y compañero me fue
descubriendo uno de los castillos de Grace O’Malley, una pequeña playa rocosa,
el puerto y el único pub de la isla. Esto fueron diez minutos. La zona poblada
es minúscula y en nada estuvimos envueltos de verde y ovejas. Lo que me llamó
la atención fue el aspecto post apocalíptico del pueblo. Los coches, viejos,
descoloridos, rotos. Lo que creía que era un desguace resultó ser un parking.
El misterio es que, al no llegar la autoridad a esta isla, los habitantes se
pasan las restricciones por el forro de los asientos. Para qué arreglar una
puerta si la puedes arrancar, utilizarla como parte de la verja para las ovejas
y tapar el agujero del coche con cinta americana para que no te entre la
lluvia. ¡Para qué ir a Cuba teniendo Clare Island!
Lo de los vehículos me pareció harto curioso y archivé
debidamente los detalles en mi memoria. Lo de expresar entusiasmo alguno no
podía sucederse dado el aumento de mi dolor de cabeza, así que mi pobre
acompañante, desesperado y molesto me empezó a preguntar que qué me pasaba y si
estaba bien. “Nada, que tengo migraña”. Él, que algo me conoce, me dice “lo que
pasa es que tienes resaca de ayer.”.
-
Que no, que es migraña- Contesto contundente y convencida. No
es posible que sea resaca ya que con el pretexto de la excursión de hoy ayer me
retire temprano tras solo tres pintas y un whiskey.
-
Tienes migraña porque bebiste.- Deduce y se resigna a
continuar la caminata con el muerto viviente.
-
Que no.-
Pese a que la migraña no solo actúa en mi cerebro sino que
baja por el cuello y me acaba causando que me de mala gana todo, hice un
esfuerzo y saqué la cámara. Tenía que hacer foto a esos verdes, a esos azules.
A las ovejitas con crías. A la luz. Casi no podía mirar por el visor así que
confiaba en poner bien los parámetros técnicos y disparar. Ni siquiera tenía la
esperanza de estar haciendo buenas fotos, pero tenía que hacer fotos.
Arrastrando mis pies llegamos el punto álgido de la
visita, los acantilados. Me tumbé en la cálida hierba y me asomé.
Impresionante. Y así tumbada viendo como chocan las olas contra las negras
rocas y viendo a las gaviotas volar de extremo a extremo me empezó a dar una
modorra de lo más apacible. Siestecita. Con la afirmación de “un acantilado no
es el mejor sitio para dormir” el muchacho me insto para abandonar ese puesto
que yo no habría abandonado en mil años de lo bien que se estaba. Pero hice
caso suponiendo que razón tenía aunque, dormir, dormir, no me iba a quedar
frita. Imposible con migraña.
A la vuelta mis ojos dijeron basta y declararon objeto non
grato a la luz. El viaje en ferry fue apacible y soleado. Me lo pasé intentando
absorber el calor de la madera en cubierta, esta vez la parte de delante. La
espera al coche para volver coincidió con la caída del sol sobre Caher Island.
Sobrecogedora imagen a la que hice caso por obligación ya al borde del lloro
por el dolor y del congelamiento por el frío.
Una vez en casa en la oscuridad dispuesta a apagar el
sistema sin actualizar y triste, pensando en el día que había perdido de no
haber estado mala, la isla volvió como si se tratase de diapositivas. Sobre el
negro iban apareciendo los colores y las formas, el verde, el rojo, el sonido
del mar a la vez que (gracias a la aportación del Ibuprofeno) se me iba
descongestionando la cabeza.
Y las fotos... menos mal que tengo las fotos.
Volveré.

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